Esto lo escribí luego de terminar de cursar este año de Facultad. Acá va la reseña que escribí en el mail donde mandé el escrito.

El cuatrimestre pasado cursando “Historia de la Psicología” di con un autor que me apasionó: Maurice Merleau Ponty. Está en la línea de Heidegger, Sartre y demases existencialistas.

Hoy de la nada empezé a recordar alguna de sus “propuestas” y se me ocurrió reflexionar en algún punto sobre la existencia. Así que me puse a escribir, haciendo una ensalada sobre la concepción de este autor sobre el cuerpo, la concepción de Heidegger que ubica al Sujeto en un espacio-tiempo (en el texto aparece como “ser ahí”) y la concepción sartreana de la Responsabilidad (que es otro mundo de concepto que este año adquirió un giro impresionante en mi manera de vivir)

Quería mandarles lo que escribí. Quizás no se entienda nada, pero creo que es una buena propuesta para mantener el cuerpo unificado “al mundo”. Para nunca desentendernos de lo que vivimos en las situaciones. “Nunca desentendernos”: nunca creer que las cosas se manifiestan independientemente de lo que hagamos. Nunca creernos indefensos, víctimas y faltos de dirección en el mundo. Esto es, para asumir una dirección que no es cerrada ni perfecta, pero mantiene al cuerpo unificado con lo real (ok ya estoy limando). Ojalá algo les haga eco.

Cuerpo y mundo

La dimensión de la existencia podría equipararse a aquello que se muestra inmediable entre el mundo y nuestros cuerpos. Eso ante lo cual no hay mediación ni experiencia particular previa. Por experiencia particular previa, entendiendo un cúmulo suficiente de acontecimientos vividos que logran una memoria esquemática sobre determinadas situaciones de vida que empiezan a jugar tipificadas en la memoria psíquica-neuronal. En este punto donde no hay una mediación exacta entre el cuerpo y lo real (el mundo “de afuera”) insisto en un punto de fusión entre el cuerpo y ese mundo. Cuerpo y mundo constituyéndose en el acto de existir. Existir tiene que ver con volcar el cuerpo hacia ese mundo del cual somos parte con nuestros sentidos unificados (y nunca disociados, como propondría Descartes con “res cogitans / res extensa”).

La dimensión de la existencia es relativa al “ser ahí”, a manifestar en materia de cuerpo (y con cuerpo me refiero al cuerpo completo unificado) aquello que se inscribe en lo real, y a manifestar lo real inscripto en materia de cuerpo. Aquello que “nos queda” de la experiencia de existir, de las vivencias: aquella memoria, cúmulo que se va generando y auto-expandiendo queramos o no a lo largo de nuestra vida.

Existir tiene que ver con fusionar el cuerpo en el mundo, en las situaciones. “Ser ahí” en un sentido sartreano es responsabilizarnos (como Sujetos corporales) por las configuraciones de espacio tiempo y subjetividades en las que nos involucramos en el día a día. Quizás por eso Sartre alegó que nunca sintió haber desperdiciado un día de su vida. El sentido de la existencia tiene que ver constantemente con “vivir el mundo en y con el cuerpo”, con el encuentro infinito entre ambos.

Siguiendo con Sartre, decanta de todo esto que nunca podemos desentendernos de nuestro cuerpo en el mundo. “Ser ahí” tiene que ver con desplegar el potencial humano situación por situación. No se trata tampoco de dejar los prejuicios o las experiencias previas de lado, porque si no no habría aprendizaje retroactivo posible. Se trata más bien de tratar cada situación como “nueva”, mientras la memoria psíquica-neuronal hace el resto. Esto es, activa los comportamientos y pensamientos que “encajan” con esos parámetros de realidad en situación desplegados o que desentonan e instan al Sujeto a reformular y expandir el cúmulo de experiencia vivida que lleva inscripto en el cuerpo. El grado en que nos predisponemos a mantener nuestro cuerpo en constante cambio (nuestros esquemas emocionales y cognitivos), en la medida que no tenemos miedo de desaferrarnos de determinados prejuicios y sensaciones sabiendo que siempre mantendremos la unidad y la cohesión, podremos encarar una de las tareas más esenciales en el proceso de vivificación de la existencia: la apertura corporal al mundo. La posibilidad de integrarnos cohesivamente en el mundo, a la vez que siempre el mundo se integrará a nuestro cuerpo. Un proceso de autoexpansión del Universo intersubjetivo.

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