Ayer me sentí frenéticamente conectado con alguien – 2006 7 23

Ayer me sentí frenéticamente conectado con alguien. Digo “frenéticamente”, porque decir “terriblemente” sonaría terrorífico. Decir “muy”, no bastaría, ya que no hay cantidades: uno no puede estar más o menos conectado a algo. Uno lo está o no lo está.

“Frenéticamente” describe el impulso indefinible en cuanto tal, de la percepción de un lazo, un vínculo. Todo parece humano y regular cuando pensamos que nosotros, las personas, buscamos vínculos todo el tiempo. Sí, está claro que somos personas sociales. Pero cuando me detengo a ver las condiciones de vida actuales, que, no por ser pesimistas, convengamos que nos alejan de la sociabilidad, es cuando me doy cuenta del poder que emanan estas conexiones. El pensamiento de la vida cotidiana nos insta a considerar a los demás como objetos, como obstáculos. Uno camina por la calle y tiene que esquivar personas, pero desde el momento en que el acto mismo se convierte en “ir caminando esquivando gente”, esa gente dejó de ser gente. Uno ya no la mira a los ojos, uno la considera como cosas, como parte inevitable del camino. Y así la persona promedio cae en la fantástica paradoja de ser un ser social, anti-social. Esa persona olvida lo que tiene a su alrededor: olvida que los que comparten y construyen la vida con él, la vida del contexto y hasta su propia vida, son personas, personas como esa persona; distintos, pero personas al fin.

La mirada. Quizás uno de los mejores indicios de vida humana sea el contacto de dos pares de ojos. Y no me refiero exactamente a ojos humanos con ojos humanos. Quizás, en el contexto de este escrito, baste con que solo un par de esos ojos sea humanos. Porque también sería caer en la negligencia evitar el poder que emana lo “no-humano”. ¿Quién se anima a decir que de los animales uno no aprende? O de los insectos. O del cielo, de las nubes, de cómo se mueven. ¿Quién piensa realmente que uno no está en constante aprendizaje de lo que lo rodea, lo que forma parte de su vida?

La razón y el intelecto. Quien piense que uno no puede aprender de los animales, me siento tentado a sugerir que esa persona cree únicamente en el intelecto: pero más que abarcar el intelecto como tal, que cree específicamente en la razón. La razón lógica, palpable en términos matemáticos. Pues… no hay que recorrer demasiado la historia del pensamiento para notar cómo, si bien la razón es ponderante en nuestra raza, está lejos de ser la única vía de pensamiento, el único medio hacia el conocimiento como fin. Desde una tribu que performa danzas y rituales para que una persona enferma entre en trance, se comunique con el chamán de la tribu en otra realidad y entablen la cura de ese modo, hasta aquellas tribus que se apoyan en el conocimiento de plantas medicinales que hacen las veces de “plantas de poder”.

La razón y la cura del miedo a ser humanos. Es precisamente a lo largo de la historia del pensamiento que la razón se convirtió en la forma de pensar preferida de nuestra raza. Quizás es la que más frutos dio, frutos materiales. Estoy “evolutivamente” a favor de esos frutos (salvando la clásica polémica de “si la tecnología realmente ayuda al hombre”), ya que, como raza que se dirige por un camino, acepto que el camino fue el desarrollo de herramientas y en última instancia, tecnología. No hay mucho que cuestionar sobre ese camino: se dio así, eso hace que nuestra realidad sea ahora de esa forma.

Lo curioso ocurre cuando la razón deja de usarse como herramienta, como “forma de hacer las cosas”, y pasa a ser usada, generalizando, como medio de pensar. Como si nuestra existencia se basara en un conjunto de preposiciones lógicas, en una cadena de pensamiento lineal, que tiene un inicio, un desarrollo y un fin.

Quizás nos vimos tentados a pensarlo así en analogía con lo que pensamos es nuestro paso por la vida: nacimiento, vida, ¿muerte? Y cabe aclarar que con esos signos de pregunta busco no tanto sugerir un posible “más allá” de la vida en el sentido espiritual o meta-físico, sino simplemente advertir que como humanos, apoderados por el miedo a la vida, nos vimos instados a creer en la muerte. Sí, creo que los humanos no le tememos a la muerte, sino que le tememos a la vida. La muerte es certera: todos los organismos mueren. Lo que es incierta es la vida. Está claro que la vida se conduce a la muerte. Pero pareciera que la mayoría de las personas logran imperfectamente internalizar esa premisa: como humanos, nacemos para morir. Vivimos para morir. Es un hecho natural, observable, irrefutable. Frente a este inevitable destino cabe resaltar básicamente dos opciones: una es encerrarse en una vida de miedo hacia la vida misma. Un miedo que nos hace egoístas, anti-sociales, que nos cierra ante los misterios del mundo que nos rodea, pero más esencialmente, al misterio de las personas que nos rodean. La otra opción es usar el miedo como herramienta para lanzarnos al medio del misterio: lanzarnos al mundo, nunca para conquistarlo, nunca para contenerlo en nuestras mentes. Más humanamente, para vivirlo. Para vivir eso que hay en el mundo, que casualmente somos nosotros viviendo. Convengamos: ¿qué más queda que vivir la vida, cuando la meta de la vida misma nos conduce hacia nuestro único destino certero?

Y es cuando nos realizamos en el sentido espiritual, cuando logramos entender esa segunda opción que nos sugiere constantemente vivir momentos, situaciones y sentimientos, es ahí cuando nos volvemos humanos. Y posiblemente sea de esa manera que nos vemos emocionados, intrigados, absortos ante la posibilidad de descubrir los otros mundos que yacen en todas esas otras personas que rodean nuestra vida. Es ahí cuando damos significado a la historia de la vida social, cuando realmente nos vemos realizados como humanos: cuando entablamos contacto con otros humanos.

Ayer me sentí frenéticamente conectado con alguien.

Ahora puedo decir: ayer me sentí humano. Sentí que mi individualidad dejaba de ser tal, para compartir sentimientos e ideas con otra individualidad. Y se construyó algo. No sé qué: quizás fue tan solo un vínculo, una forma de compartir esas ideas y sentimientos. Lo que sea, no me preocupa en absoluto ponerle palabras. Porque también las palabras son como la razón, tratando de ponerle algo que sea “nominable” a nuestra experiencia, a nuestros sentidos, redundantemente a nuestras mismas palabras. Paradójicamente, todo lo que puedo hacer es escribir: “ayer me sentí frenéticamente conectado con alguien”.

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