Un extraño palpa mis problemas – 2008 12 30

Un extraño palpa mis problemas

Ayer Lunes, a eso de las 11:15 iba caminando por Av. Callao al 1000 masomenos. Iba en camino a terapia; generalmente cuando camino “a terapia” mi viaje entero (la ida, la sesión y la vuelta) se parecen a un menú de comida. La ida representa algo así como una entrada. Mientras camino por la calle, por esas calles que ya conozco mucho, ideas se van hilvanando solas. No son “las” ideas: son ideas, son como me gusta llamarlas a mí: pensaciones, o sensamientos. Son mezclas raras y complejas: asociaciones, no exactamente “baratas”, pero sí de entrada. Me hacen de entrada al plato principal, que es la sesión. Creo que a este punto quedan claro dos cosas: 1) Tengo un grado de simbolización considerable y soy lúcido respecto a ello. 2) Me encanta la comida.

Así que iba ayer, Lunes 11:15 caminando por una de estas calles “del lado de la calle que recibe la sombra de los Lunes a las 11:15” pero con una particularidad: portaba mi mochila “de mochilero”, una mochila relativamente grande y vistosa por su amarillosidad. Sí, me encanta que sea vistosa y me encanta el color amarillo. Me representa.

Antes de salir de mi casa, a eso de las 10:35 mi hermana me preguntó a dónde iba. “A terapia” – le dije. “¿Y por qué la mochila?”, retrucó ante la evidencia. “Es que acá llevo mis problemas”. Creo que me entendí yo más que ella; no, mentira. Esbozó una sonrisa cómplice. “Los” problemas, “mis” problemas… ¿de quién? ¿Hasta quién?

Y sigo remontándome. Lunes, 11:15, yo caminando con mi mochila grande y vistosa por su color amarillo que me representa a la sombra que ilumina el lado de Av. Callao al 1000 en mi entrada hacia el plato principal… cuando de repente, detrás de mí escucho: “Chst chst, ¡pibe!”. Hago caso omiso, ya que el “pibe” se expande hacia hipotéticas y posibles múltiples personalidades que asomábamos en la mañana de ayer. “Pibe”, había muchos pibes. ¿Por qué yo? Y sigo caminando… cuando a los segundos, vuelvo a escuchar: “Chst chst, ¡pibe!” Reflexiono internamente “Bueno, al fin y al cabo yo soy un ‘pibe’. Podría ser yo, ¿no? Y sí, quizás si tan solo me doy vuelta podría resolver el misterio”. Así fue… y todos se regocijaron…

…Con la peculiaridad que el misterio que tenía por resolver era más grande. Se hizo presente ante mí un señor de unos cuarenta y cinco años, con canas, un poco de barba, uniformado con traje. Un tipo prolijo, con la mirada atenta, un porte respetable y normal… hasta que se me acerca. Se acerca y aferra una de sus manos a mi mochila, inquiriendo: “¿De cuánto es esta mochila, pibe?”. En ese punto creo que me di cuenta de absolutamente todo lo que iba a pasar después. Al principio pensé de él lo evidente, le puse una etiqueta del tamaño de mi mochila y luego reflexioné y me tranquilizé con una pensación: “Sólo está tocando mi mochila”.

En una audaz estrategia para remover su mano de ahí, y como no recordaba realmente el litraje, me la saco y la exploro: “Signature 70”, leo. Le respondo: “Tiene setenta litros”. Lo que dijo a continuación fue seguido por un inquietante y perturbador examen “de mochila” de su parte, donde quizás sus dos manos no le alcanzaban para ver cómo era: “Ah sí, no, porque yo estaba buscando una así ¿viste? Pero setenta litros… no, es muy grande para mí esta mochila. Yo andaba buscando algo más chico… no sé, vos, ¿sabés si hay más chica? Porque yo necesito en realidad una más chica, como de cuarenta litros. Esta es grande para mí”. Lo que primero pensé es que “esta”, “esa”, era MI mochila. ¿Por qué estaba hablando de “esta” mochila que era muy grande para él? Había algo ahí que seguía perturbándome. La mochila era mía y yo lo sabía. Pero no sabía si él lo había entendido desde el principio, o sus manos me invitaban a pensar lo contrario.

“Sí, hay más chicas. De hecho, yo tengo una que es esta misma mochila pero más chica, no tiene cuarenta, tiene treinta y cinco litros, pero va muy bien.”

El tipo pareció medianamente complacido, y yo traté de hacer un ademán con el cuerpo como para separar mi marcha de la suya. ¡Pero ahí no terminaba el asunto! Lo que siguió fue muy raro… fue este señor palpando y tocando la mochila como si fuera suya. No abrió ningún bolsillo, pero ¿pueden percibir lo que sería que alguien extraño esté tocando algo de ustedes sin su expreso consentimiento? Bueno, así me sentía en parte yo. Y al mismo tiempo me sentía igualmente tranquilo: “Sólo está tocando mi mochila.” El hecho que no intentase más que tocarla, palparla con el tacto, de alguna manera me servía de garantía de que no estaba pasando mucho más que eso y no tenía por qué alarmarme. Al fin y al cabo, era un Lunes a las 11:25 en Av. Callao… y había gente. Y sí, eso también me tranquilizaba. Pero fue relativamente así como siguió la situación: el señor tocando mi mochila, yo espectándolo al mismo tiempo que observándolo al mismo tiempo que vigilándolo al mismo tiempo que tranquilizándome al mismo tiempo que relajándome… porque solo estaba tocando mi mochila. Finalmente, el señor pareció ya conforme con su exploración táctil. Parece que su búsqueda había finalizado. O había encontrado lo que esperaba encontrar en mi mochila. Quizás él también se representaba con el color amarillo. Quizás a él también le gustaba caminar del lado de Av. Callao en el que un Lunes a las 11:25 ilumina la sombra. Quizás no esperaba que yo lo dejase tocar mi mochila, “porque solo la estaba tocando”. Quizás a ese tipo también le encanta la comida. 11:30. Mi inconciente se acerca pacíficamente a mi conciencia y me invita: “Señor, el plato principal está listo.” Toco timbre… 1, 3, 5, “Hola Isabel”. Subo por el ascensor. Toco timbre nuevamente… y comienza mi sesión.

Una respuesta to “Un extraño palpa mis problemas – 2008 12 30”

  1. tinavalenvalentina Says:

    que genialidad 🙂

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